ESCUELAS CONTRA LA PROSTITUCIÓN
UN ESCRITOR, UNA BUDISTA Y UN MISIONERO SE UNEN PARA HACER FRENTE A LAS MAFIAS DE TURISMO SEXUAL QUE DEVASTAN TAILANDIA.

La solidaridad: José Luis Olaizola, junto con una de las niñas tailandesas becadas por la ONG Somos Uno, que preside el escritor donostiarra
LUIS MARCHAL
El escritor José Luis Olaizola no se imaginaba que sería el español más traducido al tailandés cuando ganó el premio Planeta, en 1983, por la novela La guerra del general Escobar. Tampoco que se cruzarían en su vida el jesuita Alfonso de Juan y la budista Rasami Krisanamis. Los tres luchan contra la prostitución infantil en Tailandia, donde hay más de 50.000 prostitutas menores de 15 años.
La forma de hacerlo es escolarizando a las niñas de los arrozales para que puedan defenderse y no sean vendidas a mafias de proxenetas. En la década de los 90, Krisanamis pidió permiso a Olaizola para traducir al tailandés la novela infantil Cucho, premio Barco de Vapor 1982.
Ella, profesora de español en la Universidad de Bangkok, le advirtió de que no podría pagarle los derechos de autor y que los beneficios se destinarían a ayudar a los niños pobres de las montañas del norte de Tailandia. El autor donostiarra accedió, más por comodidad que por generosidad. “Ya es complicado cobrar los derechos de autor en Francia como para preocuparse por los de Tailandia”, dice.
Con el dinero recaudado, se construyeron escuelas y se otorgaron becas. “Me di cuenta de que, sin comerlo ni beberlo, me había convertido en un mecenas en Tailandia”, confiesa José Luis Olaizola. Por ello, cedió derechos de más libros y acabó visitando el país en 2003. Allí, su cuerpo entero tembló al enfrentarse a la industria del sexo, que tiene agentes que recorren los pueblos pobres comprando niñas.
También conoció al misionero De Juan, que lleva 40 años en Tailandia y ocho luchando contra la prostitución infantil. El jesuita declara que “la máxima injusticia es que vendan y abusen sexualmente de las mujeres en las zonas más subdesarrolladas de Asia, que son las que más padecen la pobreza”. Éste es el motivo por el que se dedica a combatir la prostitución infantil.
De Juan explicó a Olaizola cuál era el proceso de las mafias organizadas: “Visitan a cientos de familias
que malviven en el campo. Les ofrecen entre 100 y 400 dólares por sus niñas y les prometen un buen
trabajo en la capital. Si aceptan, nunca más volverán a verlas. Durante dos o tres meses lavan platos o hacen camas en hoteles, mandan algo de dinero a casa y después, acaban en redes de prostitución de
Bangkok y Pattaya”.
Maltratadas y mutiladas
Las chicas no se pueden defender porque hablan algún dialecto de las tribus de la colina (el bulang, el lao, el mon-jemer o el malayo entre otros) y, además, las maltratan y mutilan para que no puedan escaparse. Muchas de ellas acaban con sida. De Juan montó una red de colaboradores que le ayudan a detectar a niñas que están en riesgo de ser vendidas: huérfanas, niñas de familias desestructuradas,
madres maltratadas, padrastros violadores o alcohólicos.
Una vez localizadas, les ofrecen una beca para que puedan ir al colegio. Unos 100 euros son suficientes
para cubrir los gastos escolares, los libros, el uniforme y la media pensión. “Lo primero que hacen, al
arrancarlas del peligro, es ponerles el uniforme y sacarles una foto porque eso las dignifica”, afirma Olaizola. Después, se les enseña una profesión y a manejarse de forma autónoma. La educación se convierte en
su autodefensa.
De Juan dice que “se salvan el 99% de los casos aprendiendo a leer, expresándose en el idioma oficial
del país y con un oficio”. Considera que hay más vías de lucha: “Los gobiernos, incluidos los occidentales, deben actuar y no taparse los ojos ante el turismo sexual”.
En la actualidad, la Jess Foundation (a través de De Juan y de su ayudante, la señora Kob) mantiene a
600 niñas escolarizadas y a 30 en la universidad. “El hecho de que lleguen a la universidad cambia la mentalidad en el pueblo. Pasar del prostíbulo a la universidad es un cambio rotundo”, afirma Olaizola.
El trabajo del escritor consiste en dar conferencias para sensibilizar a la sociedad española y recaudar fondos. En un principio, usaba una cuenta bancaria propia, pero la respuesta obtenida (más de 250.000
euros en el 2004) le llevó a fundar la ONG Somos Uno en el 2005.
Cada semana transfiere a la cuenta del padre De Juan el importe de lo recaudado y ya son más de 60 los envíos. En una caja de zapatos guarda las fotos de todas las niñas a las que han dado una nueva oportunidad. Niñas como Suthathip, de 16 años, que vive con su tía porque sus padres murieron, o Nittaya, de 21, a la que su madre abandonó.
La vida de las becarias
Para él, “el paradigma de la violencia contra la mujer es que sea vendida para la prostitución”. Por eso,
se ha asociado a sus colegas Krisanamis y De Juan: una budista del severo movimiento Santi Asoke y un jesuita que sigue con detenimiento la vida de las becarias. Se centran en Tailandia porque ya montaron la estructura, la parte más difícil del proyecto aunque tienen conciencia que el turismo sexual se está trasladando a países más pobres como Camboya. Los tres asumen una premisa muy clara para cumplir su objetivo: “Para hacer el bien no hace falta sostener las mismas creencias”.

El negocio: varias chicas esperan a los clientes frente a un club en Tailandia.
EL TURISTA SEXUAL. DEL AVIÓN AL PROSTÍBULO
Tailandia es un destino tradicional de turismo sexual. La séptima parte de su Producto Interior Bruto proviene de este negocio. Según la Organización Mundial de Turismo, el 20% de los 700 millones de viajes que se producen al año en el mundo tienen como finalidad la búsqueda de contactos sexuales. En España, entre 30.000 y 35.000 personas van de vacaciones al extranjero en busca de sexo con niños. Uno de ellos habla de su experiencia en Tailandia: “Fui por motivos de trabajo, salí de copas y se me acercaron chicas. Al final, me fui al hotel con una. No le pregunté la edad, pero imagino que era menor y que no tendría más de 16 años. Allí mantener relaciones sexuales es muy fácil”.

La disciplina: unas niñas tailandesas asisten a clase
LA REFLEXIÓN. PROSTITUCIÓN Y POBREZA, UN BINOMIO
“¿Desaparecerá la prostitución infantil? Sí, porque es consecuencia de la pobreza extrema. Muchos de los países asiáticos se habrán desarrollado en unos cinco años. Esto aliviará el problema, junto a la creciente concienciación de los gobiernos internacionales de que es una lacra inadmisible”, afirma el
jesuita Alfonso de Juan.

El logro: una niña lee el periódico
ONG Somos Uno
Número de cuenta para colaborar:
2038–2495–31–6000192025
FUENTE: El Periódico de Catalunya, publicado el 26 de marzo de 2006














