Resistencia al poder del dictador
Posted by in El siglo“A MARCELINO CAMACHO LE GUSTARÍA ESTAR CERCA DEL 15-M”
Nativel Preciado, periodista y autora de ‘Nadie pudo con ellos’
Nativel Preciado muestra la actitud vital y moral de los que se resistieron al poder del dictador Francisco Franco desde dentro y defendieron los derechos de una minoría marginada y humillada en Nadie pudo con ellos (Espasa). Descubre las características humanas que tenían esos “héroes”, que “se jugaron la vida por los demás”, a través del relato, emocional, de Josefina Samper, mujer del líder sindical Marcelino Camacho. La periodista recuerda que los derechos hay que defenderlos a todas horas, que siempre hay alguien que los quiere reducir. Ve en Samper y Camacho, al que “le gustaría estar cerca del 15-M”, un ejemplo de sacrificio para los demás.
Por Luis Marchal
—¿Hay quien se ha olvidado de que, “aunque el dictador murió en la cama, hubo muchos ciudadanos que nunca se doblegaron, ni se acobardaron, ni se sometieron al poder de aquel hombre que impuso su propia ley por la fuerza”?
—En este momento, la idea del pasado que tienen los que no lo vivieron es: “¿Cómo pudimos aguantar 40 años a un dictador?” y “¿por qué la gente no hizo nada para echarle?”. Hay un desprestigio de los esfuerzos de aquellos años. Desde el principio del final de la Guerra Civil, ya había gente resistiendo. No sólo el maquis, sino personas que no estaban militando en ninguna organización ni estaban agrupados. No existía Comisiones Obreras y los partidos estaban laminados.
—Por lo general, se habla más de los exiliados y de los maquis que de los que estaban dentro del país.
—La intención de mi libro es reivindicar a los de dentro, que resistieron y que se enfrentaron a la dictadura desde el principio; con sus medios y sus posibilidades y sin una idea utilitarista. Hacían lo que tenían que hacer, sin pensar “vamos a echarle mañana”. En el exilio estaban los que tenían menos realidad de la situación y decían “a éste le echamos mañana”. Sin embargo, los de dentro eran conscientes de que la situación era durísima, pero que ellos tenían que responder a sus ideas y principios, y no soportar las humillaciones.
—¿Esa realidad se materializaba cuando, por ejemplo, Josefina Samper estaba empeñada en vivir en Carabanchel para estar cerca de la cárcel porque sabía que tendría que visitarla muchas veces, que su marido sería internado allí con frecuencia?
—Ella dice que como tenían que hacer lo que tenían que hacer, que era luchar en el interior, que para eso volvió Marcelino a España, pues que la consecuencia era terminar en la cárcel. Ella quería estar cerca de la prisión para que fuera más factible ayudarle y llevarle las cosas. Tenía todo asumido. En ningún momento pensaron en fugarse de sus responsabilidades. No sólo estaba la familia Camacho; había [luchando] estudiantes, curas, obreros, abogados, empresarios…
—¿Abogados como Joaquín Ruiz-Giménez, que había sido ministro de Educación de Franco?
—Ruiz-Giménez se portó bien con la oposición. A la larga, formó parte de la oposición. Era un ministro de Franco y un democristiano que se desengañó por las tropelías que estaba cometiendo el Régimen. Por otro lado, se encontraban los curas obreros. En este momento, la jerarquía eclesiástica no tiene nada que ver con el espíritu de lucha que tenía entonces la gente de base, no los dirigentes episcopales. Unos lucharon contra la dictadura, otros se fueron a hacer la teología de la liberación. Fueron héroes sin medallas, sin monumentos y sin premios.
—¿Qué papel tuvo en la historia el movimiento católico de resistencia contra el franquismo?
—Tuvo un papel importante desde el punto de vista sindicalista porque muchos creyentes católicos les seguían. Hubo movimiento de resistencia dentro de los movimientos cristianos. Estaba, por ejemplo, el diálogo de cristianos y marxistas, no sólo aquí sino en el resto de Europa. Fue muy importante para luchar por la libertad. Estaban en contra, como siempre, de la jerarquía católica y del Vaticano.
—De hecho, usted escribe que “el primer aliado de la dictadura fue la Iglesia católica”, más bien la jerarquía católica.
—Eso es lo que más les dolía a los que estaban cerca de la dictadura; como Ruiz-Giménez, el padre José María Llanos y otros tantos. Ver que se estaba poniendo bajo palio, que eso sólo se hace en teoría en la Iglesia con los santos, a un dictador que seguía durante la posguerra ejecutando a gente y que tenía al pueblo completamente carente de todo tipo de derechos y libertades.
—¿Este apoyo al franquismo ha tenido consecuencias para la Iglesia en lo que se refiere en la actualidad a número de fieles y a la actitud de estos frente a la jerarquía eclesiástica?
—Era muy sangrante ver a los jerarcas de la Iglesia completamente identificados con la dictadura. En teoría, la Iglesia tendría que actuar en defensa de sus feligreses. Si los machacaban, tendría que decir algo. Y no, estaba a favor del poder. No sé si es un signo de estos tiempos el hecho de que pierdan fieles o de aquellos barros vienen estos lodos.
—¿Le llama la atención la masiva afluencia que ha habido en la pasada Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Madrid?
—No sé si han sido muchos o pocos o el aparato de propaganda les ha funcionado muy bien. No entiendo esa movilización, no entiendo el apoyo en estos momentos de masas a la Iglesia. Luego, parece que pierden clientela, que los católicos no practican y que las iglesias están vacías. Lo digo con todo respeto.
—Volviendo a Josefina Samper y Marcelino Camacho, que se la jugaron multitud de veces para defender los derechos de los trabajadores; ¿qué lugar deben tener en la memoria histórica?
—Hay que dar a conocer cómo eran estas personas, no sólo Marcelino Camacho y Josefina Samper; cómo eran sus hijos…; cómo era su capacidad de sacrificio, su voluntad. No pudieron con ellos. La hermana de Marcelino Camacho tiene ahora 90 años y sigue trabajando en una federación de jubilados para conseguir derechos y para protestar contra los recortes.
—¿Cuáles son los valores que más le impresionan de la gente que luchó por la libertad como Marcelino Camacho?
—La dignidad, que es lo no debe perder nadie. La voluntad. La fuerza que tenían, en condiciones penosas. Además de la falta de libertades políticas y de derechos, vivían en una situación económica mucho más penosa de la que estamos viviendo ahora. Del mismo modo, digo que muerto el perro no se acabó la rabia. Siempre hay algo contra lo que defenderse. Siempre hay alguien que nos quiere quitar los derechos. No tenían la menor comodidad. Sin embargo, eso no les impedía luchar y enfrentarse a lo que tuvieran delante. De Josefina Samper, me impresiona mucho, sabiendo cómo era aquello, que con su marido en la cárcel y su hijo detenido, se fuera al Ministerio de la Gobernación, que preguntara por el jefe de la Brigada Político-Social y que le exigiera derechos que no existían. Había que tener un valor inmenso para meterse en la boca del lobo. Se metió en el corazón de la represión
política. Le echó en cara que detuvieran y pegaran a su hijo. Lo comparo con esos gestos de los negros que se sentaban en los asientos de los blancos y no se los cedían, como Rosa Parks, porque reivindicaban sus derechos a ser como los demás. Pues Josefina Samper quería ser como los demás, no formar parte de una minoría marginada y humillada.
—¿Qué se consiguió?
—Cuando la gente se comporta como debe y cumple con su deber, todos avanzamos. Ellos sin duda hicieron mucho para que consiguiéramos derechos y libertades, amnistía para los presos, el estatuto del preso político o la igualdad de derecho de las mujeres. Cierto que el dictador murió en la cama. Estaba apoyado internacionalmente y era muy difícil echarle cuando disponía de ese apoyo.
—¿Conclusión de su libro: hay que luchar?
—Tampoco hay que hacer la revolución. Esta gente simplemente defendía el tener derecho a ser ciudadanos. Se oponía a las injusticias laborales y trataba de ser respetada como seres humanos, como ciudadanos y como personas dignas de derechos.
—A veces, cuando se defienden derechos, tal y como ha pasado con el 15-M, surgen críticas como “estos son los perros-flauta”.
—Eso son los argumentos eficaces para desprestigiar movimientos que resultan molestos a determinados sectores del poder. Muchas veces, tienen más capacidad para desarmarlos que los otros para defenderse.
—¿Qué cree que pensaría Marcelino Camacho del 15-M?
—Que le gustaría estar cerca. Josefina dice que no va a las manifestaciones porque no le resisten las piernas. Ella habla un poco por la voz de Marcelino. Les gustaría estar cerca de este movimiento, de la gente que se levanta y protesta contra la injusticia.
FUENTE: El Siglo, publicado el 26 de septiembre de 2011
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