Periodista-Politólogo
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“EL ESTATUTO ARAGONÉS ES EL PEOR DE TODOS LOS QUE SE HAN REFORMADO”

José Antonio Labordeta, diputado de la Chunta Aragonesista

José Antonio Labordeta vive en estos momentos a caballo entre Madrid y Zaragoza, envuelto en la vorágine de la reforma del Estatuto aragonés. Es diputado del Congreso por la Chunta Aragonesista. Antes que político, ha sido conocido como cantautor, poeta y reportero. Escribió En el remolino en los años 70, “casi clandestinamente”. En ella, se adentra en un mundo rural de ideas sangrientas en los albores de la Guerra Civil española. Ahora recupera esta novela porque conviene que alguien diga lo que sucedía en aquella época.

Por Luis Marchal

—¿Cuál es el motivo de recuperar En el remolino, 37 años después de su primera publicación?
—Es una novela que salió en unas circunstancias casi clandestinas, prácticamente no se pudo anunciar ni hicimos presentación. Se quedó muy marginada. Se recupera ahora porque pasa por encima del tiempo. Los hechos transcurren en la Guerra Civil española, poro podrían hacerlo en Bosnia, en Afganistán o en Iraq. Podrían darse en cualquier lugar descrito por el periodista Ryszard Kapuscinski, es la violencia por la violencia.

—¿Qué cambios ha introducido en el texto, al no pasar ahora por las tijeras de la censura?
—El cambio es estructural. En su momento, salió muy desestructurada y de difícil lectura. Ahora se puede leer más a gusto y el lector tiene más claras las ideas de lo que sucede en ella.

—La novela es la historia cainita del prestamista de un pueblo de la sierra de Albarracín que, en los albores de la Guerra Civil, ve cómo todos sus deudores quieren matarlo para evitar el pago, ¿la historia de España en esos años fue así?
—Creo que sí. Se analiza una situación social muy de pobreza y miseria. La violencia que narro se pudo dar en cualquier sitio de España. Lo vemos con la recuperación de la Memoria Histórica. Mucha gente habla de cómo desaparecieron sus padres o de los enfrentamientos en los pueblos. Conviene que alguien diga lo que sucedía. Igual en un bando que en otro, sin discursos de buenos y malos.

—Sin discursos de buenos y malos, pero en su novela hay humillados.
—Representantes de izquierdas como el herrero o el alcalde llevan las de perder. Los otros imponen su voluntad.

—Llama la atención que los personajes más limpios de la novela sean de izquierdas.
—Es que yo soy de izquierdas. En la Guerra Civil todos hicieron barbaridades. El problema grave es que la represión continuó hasta 1975. Ése es el drama de España. Tras la Guerra Civil americana, la población intentó recomponerse. Aquí, no. Hubo una violencia sangrienta tras la contienda. Se mató a más gente después de la guerra que en ella.

—¿Es difícil que convivan diferentes ideologías?
—Mucho. Vemos que en este momento hay una radicalización por parte de los partidos de derechas. Son capaces de asaltar a trinchera lo que sea.

—¿Volvemos a ese pasado?
—No. Posiblemente, a estas horas habría determinada violencia si no fuéramos un país de Europa y estuviéramos en la otra punta del Mediterráneo de la que estamos.

—¿Vivimos los seres humanos inmunes ante la violencia, como en la novela cuando el personaje de Angelito dice no entender que unos jueguen a las cartas y otros beban vino con dos muertes recientes?
—Cuando se llega a una violencia de este tipo, se vive bastante inmune. El motivo es que unos están de acuerdo ideológicamente y otros tienen un temor que les hace callar.

—Severino es un personaje que proclama estar harto de caciques, prestamistas y proletarios. Para él, ¿no hay más ley que la de su pistola?
—Esa fue la ley de determinados ciudadanos en 1936, que arrebataron muchas vidas. Eran el terror. Sobre todo, los falangistas, la facción más violenta del franquismo, y, por otro lado, determinados grupos anarquistas. Ensangrentaron el país de una manera tremenda. Fue muy difícil recuperar la normalidad. Creo que no volveremos a esa situación. La economía es muy distinta, la gente tiene coche y cobra un sueldo. La radicalidad que tenemos ahora es un poco ficticia, de determinados medios de comunicación. No hay una radicalidad violenta. Sin embargo, Madrid influye en la tensión. Es una ciudad que está tensa por culpa de determinados medios de comunicación y de los políticos.

—¿Porque hay gente de todas partes?
—Más bien, de todas las ideologías. Quizá, porque hay un colchón muy grande de administración franquista. Los que componen ese colchón siguen teniendo una nostalgia enorme de autoritarismo y españolismo. España no se ha roto todavía. El día en que se votó en el Congreso el Estatut catalán, un taxista me dijo que se habían roto todos los puentes con Cataluña. Ese hombre había oído las noticias en una determinada emisora y aquello era la debacle. Yo creo que les da mucho coraje el que la gente no reaccione con ideología de la Guerra Civil.

—¿Qué le opinión le merece que el PP no apoye al Estatut catalán y sí otros como el andaluz?
—El cinismo del PP ya es increíble. Acaba de salir en El País un artículo de Miguel Ángel Aguilar (“La lista de Acebes”, 20 de febrero de 2007), quien saca a relucir todos los presos políticos vascos de ETA que liberaron Ángel Acebes y Jaime Mayor Oreja. ¡Y, ahora, el único problema que tenemos en este país es De Juana Chaos! Es un problema, pero no es fundamental. Al PP sólo le interesan dos cosas en este momento: el Estatut de Cataluña y la lucha antiterrorista.

—Por cierto, diputados del PP le preguntaron desde el escaño: “¡Labordeta! ¿Dónde está la mochila?”.
—Fue en una noche complicada. En el mismo día en que José María Aznar nos metió en la guerra de Iraq. Yo tenía una interpelación con el entonces ministro de Fomento Francisco Álvarez-Cascos a las doce de la noche. Cuando salí de forma muy pacífica a explicar que las comunicaciones con Teruel eran muy malas y a pedir que se arreglasen, un grupo de diputados del PP empezó a cachondearse de mí. La solución fue lo que se dice en mi pueblo: “A la mierda”. Faltan micrófonos que capten el ambiente en el Congreso de los Diputados. Muchos parlamentarios no darían los gritos que dan si existieran esos micrófonos y se escuchase lo que dicen. Y aquel percance conmigo habría tenido más explicación.

—¿Es usted el “principal activo político” de la Chunta Aragonesista, tal y como afirmó José-Carlos Mainer en la presentación de En el remolino?
—No, la Chunta está muy extendida en Aragón y hay mucha gente con valores muy positivos.

—El nuevo artículo 7 del futuro Estatuto aragonés incluiría un primer apartado, de aprobarse, que recuerda que el aragonés y el catalán son lenguas propias de Aragón y establece que “son oficiales en sus respectivos territorios”.
—Finalmente quedará como que se respetarán las lenguas que se hablen en Aragón. En ese caso, se aceptará el albano-kosovar, porque hay muchos inmigrantes. El artículo no especifica las que se habla. Hay dos temas fundamentales: por una parte, está el aragonés y, por otra, el catalán. Porque en Aragón se habla el catalán, aunque haya grupos que lo nieguen. Realmente, en el Estatuto, esto es lo que menos habría que combatir, porque hay un proyecto de Ley de Lenguas donde podría darse la cooficialidad de las dos. Nosotros apoyamos lo que plantea IU-ICV, que se defienda, y nos abstenemos con lo de ERC, que se imponga. No estamos de acuerdo con la imposición.

—Hablando de no estar de acuerdo, ¿cuáles son los motivos que le han hecho decir que la reserva estratégica del agua es “una farsa”?
Es que los 6.500 hectómetros cúbicos ésos no sirven para nada. Nosotros planteamos una enmienda para que se tuviera que emitir un informe vinculante en la defensa de los derechos relacionados con el agua. Finalmente, en el Estatuto de Autonomía se contempla un informe preceptivo. Algo que no tiene posibilidades de que se respete.

—¿Cómo analiza la reforma del Estatuto de Aragón?
Es el peor Estatuto de todos los que se han reformado. Es muy deficitario.

—Pero con un fuerte nivel de consenso.
—Hay que preguntarse por qué se da ese consenso: por intereses políticos. No les interesa romper la baraja. El Estatut catalán es un estatuto serio y en él hay unos intereses económicos muy fuertes que el PP no ha aceptado, por ejemplo. Además, en el aragonés no hay referéndum. Por tanto, estamos a la cola de los Estatutos de Autonomía de España.

—¿Es acertada la política territorial del Gobierno?
—Marcelino Iglesias, presidente del Gobierno de Aragón, es buena gente, pero es demasiado buena gente. Hace una política de reposo. Aragón es un territorio en reposo. Nada se hace dando pasos radicales.

—¿Y la del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero?
—Comenzó muy bien, pero se ha ido echando para atrás. Tiene que seguir el camino que empezó, y en ese camino estaremos todos.

FUENTE: El Siglo, publicado el 5 de marzo de 2007